La fotografía es, para mí, una forma de pensamiento tanto como de mirada. Fui maratoniano, y durante años mi cuerpo estaba demasiado ocupado corriendo como para detenerse a mirar lo que atravesaba. Caminar, en lugar de correr, me devolvió esa posibilidad: detenerme, componer, esperar la luz. Encontrar una manera de escribir con la fotografía — una grafía más cercana al sueño, la memoria y la percepción que a la observación documental. Cada fotografía no busca fijar una cosa, sino la sensación que la luz y el movimiento producen sobre ella en un instante irrepetible. Esa búsqueda me lleva, muchas veces, hacia una abstracción donde el sujeto casi desaparece: ya no importa qué había delante del objetivo, sino el umbral mismo entre forma y color, entre el cuerpo que camina y el paisaje que atraviesa — porque entre ambos no hay frontera limpia. Ese umbral es, quizás, el hilo conductor de todo mi trabajo. Ese cruce entre lo que veo y lo que pienso ha terminado por revelarme algo de mi propio proceso creativo que quizás no había nombrado antes. Seguir buscándolo, foto a foto, es hoy la razón por la que sigo caminando con la cámara en la mano.